Si hay una película que ha quedado grabada en mi memoria desde que la vi, esa es El Sur (1983). Y es que cada una de las veces que la he visto, me ha sobrecogido, emocionado e impresionado aún más.
A través de esta obra cinematográfica, Víctor Erice, su director, nos muestra las vivencias de una familia mediante los recuerdos de Estrella, quien nos narra su infancia y adolescencia desde su adultez, con una voz en off.
En aquellas etapas tuvo mucha importancia su padre Agustín, un médico y zahorí. Esta última era una profesión muy respetada, que desempeñaban aquellas personas que se creía que tenían la capacidad de detectar agua subterránea a través de péndulos o varillas. Él, junto a su mujer Julia, una profesora represaliada, y su hija, Estrella, viajan hasta Ezcaray, un pueblo de La Rioja, en busca de un futuro mejor tras las heridas de la Guerra Civil y la posterior represión franquista que aún persistía. De esta manera, El Sur nos acerca al exilio interior al que muchas personas se vieron abocadas por aquel contexto histórico.
Estas circunstancias vitales se representan a través del personaje de Agustín, que es magistralmente interpretado por Omero Antonutti. A través de su mirada nos transmite tanto su quebranto interior como la devoción que siente por su hija Estrella. Una admiración que es recíproca, como se demuestra desde el principio, con un plano-contraplano cuando viajan hacia el norte en tren.


Sin embargo, a medida que avanza el film, la admiración que siente Estrella por su padre se convierte en lástima, ya que Agustín pasa de ser un hombre enigmático, capaz de obrar milagros, a caminar desnortado, sin capacidad de comunicarse con su familia, porque en su interior se encuentra un inmenso dolor por su pasado.
El misterio que envuelve a Agustín y el conocimiento que tiene su hija al respecto se manifiesta a través de la luz. Un ejemplo representativo de ello es la escena en la que Estrella adolescente encuentra el péndulo y la iluminación se vuelve dorada. Otro momento muy importante ocurre en la infancia, cuando Agustín inicia a Estrella en su oficio como zahorí y la luz que entra por la ventana contrasta radicalmente con la oscuridad absoluta en la que se encuentran. Estrella comienza a iluminar las sombras que se cernían sobre su padre, debido a que ambos se entienden a través del carácter místico del zahorismo.

Curiosamente, esta escena fue complicada de iluminar porque José Luis Alcaine, el director de fotografía, quería que la ventana de la habitación se mantuviera medio cerrada para lograr un momento más introspectivo. De esta manera, tuvo que colocar unos focos de cuarzo en línea recta sobre el tejado que complementaron la débil luz que entraba en un principio. En otras escenas, se utilizaron paraguas para reflejar la luz, ya que Alcaine no estaba satisfecho con los aparatos de la época.
Este fragmento es uno de los tantos que demuestran por qué El Sur es uno de los trabajos fotográficos más impactantes e interesantes que se han realizado en el cine. Sin embargo, en un principio, la fotografía no se alineaba exactamente con lo que quería Erice. De hecho, el director le comentó a Alcaine que el resultado que estaban consiguiendo le recordaba al de las películas de Bresson o Rohmer, con tonos apagados, y él buscaba algo más atractivo para el espectador.

No obstante, Erice quedó satisfecho con el trabajo fotográfico. Y, además, la idea general de Alcaine era lograr una luz más apagada en el norte para luego mostrarnos una más brillante cuando la película se desplazara hacia el sur, Carmona (Andalucía), que es el lugar que desafortunadamente no pudimos ver, debido a que el rodaje terminó abruptamente.
En relación con el carácter inacabado de la película, Víctor Erice en conversación con Maximiliano Cruz y Abril Alzaga en FICUNAM (2024), expresó que la causa fue una cuestión económica exclusivamente, y no porque él hubiera incumplido un determinado plan de trabajo. También aclaró que, a la segunda semana del rodaje, la televisión pública española del momento no suscribió los acuerdos previos. Una cuestión que era clave, porque la financiación del rodaje dependía de aquella aportación.
Este carácter incompleto siempre ha sido recalcado por Erice, quien se considera un espectador imposible de sus películas, a pesar de los elogios que ha recibido de forma unánime todos estos años.




Esta compleja situación generó tensión y preguntas hacia su productor, Elías Querejeta, quien, en una entrevista televisada cuando se estrenó la cinta, dijo que si la película estaba o no acabada era un asunto para eruditos.
Por aquel entonces, Ángel Fernández-Santos, crítico y co-guionista de El espíritu de la colmena (1973), que también ayudó en el proceso de guion de El Sur, fue el único que enjuició públicamente las declaraciones del productor. Y escribió un artículo para Casablanca (números 31/32, p. 55-58), una antigua revista de cine, titulado 33 preguntas eruditas sobre El Sur, donde no hace 33, sino muchas más, acerca de cómo el carácter inacabado de la cinta es algo que incumbe a cualquier persona que haya visto El Sur, y no solo a eruditos o intelectuales.

En este artículo, entre otras cuestiones, Fernández-Santos escribe sobre el montaje de la película, esgrimiendo que presenta incoherencias tales como que seamos capaces de adentrarnos en momentos privados de Agustín, cuando el resto de las imágenes de la película proceden de la memoria de Estrella. Esta es una cuestión que Erice hubiera resuelto si las escenas que faltan se hubieran filmado, ya que en el viaje que Estrella emprendía hacia Andalucía, ella hubiera asimilado como propios aquellos momentos privados de su padre. Además, según Erice, no haber rodado los fragmentos de Andalucía quiebra la dimensión moral del relato, ya que Estrella, en su viaje a Carmona, obedecía el mandato paterno.
El hecho de que lo que veamos proceda de la memoria de Estrella es lo que confiere la naturaleza de diario a la película, y lo que hace que algunos planos sean muy oníricos, casi como unidades poéticas, al igual que en El espíritu de la colmena (1973). Esto armoniza con el proceso creativo del director, que realiza sus guiones de un modo visual. De hecho, Fernández-Santos, junto a Erice, realizó muchos de los dibujos que ilustraban las escenas de El espíritu de la colmena. Y así fue como los llamó Erice: unidades poéticas. Mientras que para Fernández-Santos eran ámbitos emocionales. Aunque luego dijo que se acercaban más a acordes, ya que el guion tenía forma de partitura circular.

El Sur es un diario de imágenes y memorias. Y no es tanto lo que Estrella vivió, sino cómo lo enmarcó en su memoria. Una idea que se refuerza con la voz en off que mencioné antes, y que suena a lo largo de la película.
En aquel artículo para Casablanca, Fernández-Santos equipara la exigencia moral de Erice, que trata de respetar siempre al espectador, a la del director de cine Nicholas Ray. De hecho, como comentaron en el programa número 49 de ¡Qué grande es el cine!, hay algún rastro de dicho director, como en el tratamiento de la escena del Gran Hotel, un detalle que menciona el crítico de cine Miguel Marías.


Y, curiosamente, en una entrevista para el número de la revista Casablanca que nombré antes, Erice comentó que vio Rebelde sin causa (1955), dirigida por Nicholas Ray, justo antes del rodaje de El Sur. Sin embargo, en su película no existe un guiño claro a ningún cineasta en específico, sino un asimilamiento de una serie de directores que Erice ha integrado en su propio cine, y que ha tenido como resultado unas películas muy personales. Hay ecos de Ford, Dreyer, Renoir… y una cadencia muy cercana al cine japonés por la influencia de Ozu o Mikio Naruse, pero al final es el estilo inconfundible de Erice. Una forma de hacer cine que también abraza otras disciplinas artísticas, como la música, la literatura y la pintura.
En el caso de la música, tiene un valor muy importante, ya que refuerza ciertas emociones como el desasosiego o la melancolía de Estrella, el desarraigo de Agustín… También tiene un fuerte carácter simbólico, con el pasodoble de En “Er” Mundo, que marca ese paso de la devoción a la pena por parte de Estrella.

Otro de los grandes intereses de Víctor es la literatura, que ha expresado que para él tiene la misma importancia que el cine. En El Sur se demuestra en escenas con referencias literarias, como en la que Julia lee Teresa de Ubervilles de Thomas Hardy o en la que aparece el libro Cumbres Borrascosas de Emily Brontë mientras Estrella duerme. En los fragmentos que quedaron por filmar, había un profesor que iba a interpretar Fernando Fernán Gómez, que introducía en la lectura de En Los Mares del Sur de Robert Louis Stevenson a su sobrino Octavio. Dicha novela iba a tener una gran importancia en la película y con ella nos hubiéramos adentrado en el espíritu aventurero y épico que también caracteriza a Erice, pero que no pudimos apreciar del todo.

Asimismo, el director también tiene un gran interés por la pintura, que demostró posteriormente en su documental El Sol del Membrillo (1992), que dedicó al pintor Antonio López. En relación con esto, la elección de Alcaine como director de fotografía para El Sur fue muy acertada, ya que expresó que en su trabajo tenía como referencia a los pintores clásicos del siglo XVI, XVII…. porque, para él, en aquella época aún no habían muchas películas de color que fueran realmente satisfactorias.
De hecho, la fotografía de El Sur a veces se aproxima a las pinturas de Vermeer y a sus cuadros, como El astrónomo (c. 1669) o Muchacha leyendo una carta (h. 1657-1659). Una estética que Erice ya tenía en mente cuando realizó El Espíritu de la colmena, su anterior película, junto al director de fotografía Luis Cuadrado, y que podemos comprobar en la quietud y tonos dorados de algunas de sus escenas. Aunque, esta última película que he mencionado, también tiene características propias de las pinturas de Zurbarán, como demostró Santos Zunzunegui, quien escribió sobre la abstracción del espacio sobre el que se sitúan los cuerpos en la escena en la que Teresa peina a su hija Ana, y que remite directamente a los cuadros del pintor extremeño.

Por otro lado, El Sur es más caravaggesco por el contraste entre luz y sombra, como expresó Carmen Arocena en su ensayo sobre el director. Se demuestra en algunas de las escenas que he destacado, así como en otras, por ejemplo, en la que Agustín se hospeda en la habitación de un hotel y el humo de su cigarro flota como fruto de una ensoñación. En definitiva, son imágenes que casan con el misterio que envuelve al personaje.

Sin embargo, como Erice ha mencionado recientemente en una entrevista para RTVE llamada Víctor Erice, el espíritu de su cine (2023), estos acercamientos pictóricos son algo que ha corregido desde que dirigió El sol del membrillo, ya que en esta filmó con la actitud de observador, como quien pasa acta aunque luego componga. Y reforzó dicha idea con un pensamiento de Robert Bresson que defiende que hay que lograr imágenes necesarias y no tanto bellas. Para Erice, cuando el director se centra demasiado en lo plástico, esto va en detrimento de la trama, los personajes, las emociones…
El carácter enigmático que caracteriza a Agustín y que, en parte, se transmite a través de esta fotografía pictórica, se quiebra después de que asista a la proyección de una película, que le enfrenta con su yo pasado, con lo que le angustia y le atraviesa. Tras ello, decide cambiar su destino. Esta idea del cine como transformador de la vida está en línea con El espíritu de la colmena, donde Ana, la niña protagonista, cambia profundamente la percepción que tiene sobre la vida tras asistir a la proyección de Frankenstein (1931), dirigida por James Whale, aunque es cierto que su hermana Isabel también tiene mucho que ver al respecto.


Una escena clave para entender el exilio interior de Agustín sucede durante la infancia de Estrella. En un momento en el que ella se esconde debajo de una cama durante horas como protesta por la desconexión emocional de su padre, que antes le brindaba un gran cariño. Agustín, ante el silencio de Estrella, responde con otro aún más atronador, debido a que lo acompaña de unos golpes de bastón que, Estrella, tras escuchar, rompe a llorar, fruto de la incomprensión del estado emocional de su padre.

Durante el rodaje, entre estos dos actores, se vivió un momento entrañable que contrasta con la solemnidad de algunas de las escenas que he comentado. Fue comentada por José Luis Alcaine, quien contó cómo Antonutti, al proceder del teatro, tenía una forma de actuar caracterizada por las pausas, porque trataba de expresar con la mímica lo que ocurría en el interior de su personaje antes de decir sus frases.
Desde la inocencia de Sonsoles Aranguren, que interpretaba a Estrella de niña, fue entendido como que Antonutti no se sabía su parte del guion, ya que ella contestaba muy rápido y él muy lento. Por ello, en una escena de El Sur, antes de que el actor italiano le contestara, Sonsoles se volvía hacia Erice para decirle que Antonutti no se sabía el texto, y luego se giraba de nuevo hacia el actor italiano para decirle en voz baja el inicio de sus frases. Alcaine recordaba este momento entre risas en una entrevista para ‘The Making of El Sur’ (reedición de Criterion).
Dicha anécdota es importante porque creo que va en consonancia con el espíritu de Erice y su película que, a pesar de su melancolía, tiene también su lado desenfadado, afable y casi cómico. Se demuestra en algunas de las intervenciones de Milagros, la ternura de Estrella o en momentos más concretos, como cuando Casilda canta La Televisión de Lolita Garrido.
Se trata de una faceta que representa al director, pero que no se recuerda tan a menudo. De hecho, junto a la minuciosidad que le caracteriza (y también su don para la improvisación, como demostró en la escena del pasodoble, que tuvo que idear de nuevo el mismo día por motivos meteorológicos), se encuentra una gran emoción.

Por último, me gustaría destacar una frase (que también tuvo en cuenta Carmen Arocena en su ensayo sobre Erice) que procede de la novela homónima de Adelaida García Morales, en la que se basa la película. Es un libro maravilloso, muy recomendable, y con el que además podemos hacernos una idea aproximada de lo que podría haber sido la cinta si se hubiera filmado por completo. En esta obra literaria, Rafael (el personaje que inspiró la creación de Agustín) le dice a su hija:
“El sufrimiento peor es el que no tiene un motivo determinado. Viene de todas partes y de nada en particular. Es como si no tuviera rostro.”
Guiado por esta inspiración, Erice nos acerca al dolor infinito de un hombre, que es también en parte el nuestro, y el de toda una generación. Lo hace a través de una mirada que entiende el cine como un hecho existencial, como una forma de destino. Y lo demuestra con unas imágenes que siguen impactando por su delicadeza, por su belleza, por su crudeza. Pero, sobre todo, por su enorme honestidad. Solo queda agradecérselo.
Álvaro Morán Quijano
